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| Publicado por: Artman Bonard |
24/05/2007 15:38 |
Es, sin duda, mi pintor favorito, ya que con cada uno de sus lienzos despierta en mí una brisa que arranca sonidos en las cuerdas del alma, a menudo aletargada en la espaciosa cueva de la realidad. Debido a que existen multitud de páginas que realizan un estudio exhaustivo de su vida y obra. Redactor/a: Damadeluna
Debido a que existen multitud de páginas que realizan un estudio exhaustivo de su vida y obra, tan sólo pretendo en esta colaboración desarrollar algunos de los mitos y leyendas que de manera exquisita ha sabido plasmar este artista.
THE LADY OF SHALOTT
"La muerte de una mujer hermosa es, incuestionablemente, el más recurrido tópico poético del mundo". E. A. Poe
Cierto es, pero no por ello deja de sobrecogernos Waterhouse al retratar a Elaine, la dama de Shalott, cuyo relato se transmite a través de las generaciones junto con las demás leyendas que conforman el mito artúrico. Existen distintas versiones acerca de esta dama en cuestión, pero en todas ellas el destino de Elaine está marcado por el desamor y la desgracia. La historia elegida por Waterhouse aparece recogida en el manuscrito "Lancelote du Lac", propiedad del British Museum, y posteriormente popularizada por Tennyson (1809-1892) en su poema "The lady of Shalott".
Elain de Shalott
Cuentan que un hada, posiblemente Morgana en su condición feérica, hizo prisionera a la joven Elaine en un pequeño pero lujoso castillo. Para poder conocer los sucesos que ocurrían en el exterior de su fortaleza, le proporcionó un espejo encantado, pero a su vez le previno de la terrible maldición que caería sobre ella en caso de que abandonase su morada y se dirigiese al reino de Camelot.
La juventud suele ser sinónimo de desafío y curiosidad, y Elaine sucumbió a la tentación. Todos los días contemplaba los avatares que sucedían en el castillo, enamorándose de la gallardía de Arturo, el perfil de Guinevere, el porte de los valerosos caballeros. nada se escapaba a la mirada ávida de Elaine, que tejía las efímeras sombras, dándoles vida en forma de maravillosos tapices. Mas, sucedió lo inevitable, y Elaine descubrió la silueta de Lanzarote del Lago, el caballero más querido por Arturo. A partir de ese momento, la Dama convirtió su entretenimiento en una obsesión; vivía por y para Lanzarote.
Finalmente, no pudo resistirse a su pasión, y abandonó su pequeña fortaleza para encontrar a su amado. Al atravesar la puerta, entre los gorjeos de los pájaros escuchó el sonido de una roca que se fractura, y supo que su espejo de obsidiana se había desquebrajado, anunciándole que la latente maldición finalmente se había apoderado de ella.
Waterhouse ilustra fielmente los últimos momentos de la dama de Shalott, en su estado de angustia y enloquecimiento, sentada sobre algunos de los tapices que tejió en vida. El guía de su autoimpuesta misión es Cristo; sobre la proa, homenajeado por trémulas velas, Jesús crucificado es el símbolo de Aquel que como ella, se sacrificó por Amor.
Otra de las versiones de la historia de Elaine, la recoge Marion Zimmer Bradley en su tetralogía "Las nieblas de Avalon". La princesa Elaine, hija del rey Pelles, se había enamorado de Lancelot y se lo comunicó a Morgana, hechicera hermana de Arturo. Morgana velaba por los intereses de Camelot, y sabía que el amor de Lancelot por la reina Ginebra haría peligrar los cimientos del utópico "Reino del Verano" que bajo el reinado de Arturo debería hacerse realidad.
Así pues, en el transcurso de una fiesta, la sacerdotisa de Avalon le dio un bebedizo a Lancelot y este quedó a merced de la dama Elaine, puesto que en ella veía el rostro de su amada Ginebra. Esa misma noche, víctima del hechizo, se casó con ella. Fueron después de la boda a los aposentos de Elaine y se amaron toda la noche.
Cuando Lancelot despertó por la mañana lo primero que hizo fue abrir de par en par la ventana y al hacerlo desapareció el encantamiento, por lo que al mirar en el lecho y ver a Elaine comprendió la magnitud del engaño. La bella joven le contó lo sucedido, y Lancelot se entristeció, porque había sido su buena amiga Morgana la que le había tendido la trampa. El honor del caballero le impidió abandonarla, pero no por mucho tiempo; la melancolía le venció y regresó a Camelot a suspirar por su platónico amor. Mas de la triste unión nació Galahad, el mejor caballero que pisó la faz de la tierra, no en vano fue el único al que los ángeles mostraron el Santo Grial.
Hylas y Ninfas
La cualidad más salientable de muchas de las criaturas feéricas es, sin duda, su funesta belleza. Así, en las montañas escandinavas, podemos encontrarnos con las huldras, sensuales ninfas vestidas con vaporosos vestidos que ocultan sus colas, en forma de látigo rematado por un mechón de pelo, y su espalda, cóncava como la depresión de un valle. Todo hombre que divisara una huldra quedaría trastornado, y en caso de que ella lo hiciera su temporal amante, perdería la razón. Una vez que la huldra lo abandonara, se apartaría voluntariamente de los demás humanos, convirtiéndose en un paria.
En Europa central, el peligro se llama Vile. Estas hadas de dorados cabellos y ojos ambarinos cuídan de los animales del bosque. Sus cuerpos, esbeltos como los tallos del junco, siguen el compás de los rayos de la luna, y su dulce voz se eleva como un trino en el silencio de la noche. Quien descubra una Vile suspirará por ella hasta morir de inanición.
Cuentan las leyendas irlandesas que más temibles son las ondinas, hermosas mujeres gestadas en los reinos feericos acuáticos. Cuando salen a la superficie sólo se distinguen de los humanos en que sus vestidos gotean, pero ¿quién se va a fijar en tal nimio detalle si tiene ante sus ojos a esa beldad? Cuando la mórbida dama hechiza a un hombre, este la sigue olvidándose de todo. Muchos son los que se han tirado desde los acantilados tras el rastro de su amada, o lanzándose a las olas de la playa, dejando tras de sí apenas una estela de sangre.
Los demás ríos de la vieja Europa tampoco están libres del reinado de estas ninfas. Ronda por mi mente el relato de un anciano que en la aldea de Vilalba, en la provincia de Lugo, estuvo a punto de perder la vida tras intentar socorrer en el río a una mujer que, desesperada, braceaba en las aguas del Miño. Cuando el hombre, entonces buen mozo y bien parecido, se lanzó a socorrerla desde la orilla donde pescaba, se vio aferrado por varias manos fuertes que tiraban de su cuerpo hacia el fondo. Consiguió desasirse, llegando maltrecho y arañado al margen del río, desde donde contempló la corriente del Miño, cuyas tranquilas aguas no mostraban ninguna evidencia de lo sucedido.
Sin embargo, en Grecia, vivió un hombre que no tuvo la misma suerte: Hylas, un aventurero que recorría con sus compañeros el mar Egeo. Un buen día, la nave en la que viajaban atracó en la isla de Chíos, y Hylas decidió ir en busca de agua potable, pues las provisiones del barco empezaban a ser escasas.
Al adentrarse en el bosque escuchó risas, y siguiendo el sonido de las mismas encontró un manantial donde las ninfas jugaban escurriéndose entre los nenúfares. Cuando las hermosas hadas descubrieron al apuesto joven, le hicieron señas, y Hylas no pudo resistir la tentación. Se acercó, haciendo ademán de llenar su odre y entablar conversación con ellas, cuando una ninfa se adelantó. Su mirada apasionada se clavó en la del muchacho, y unas delicadas pero firmes y frías manos lo aferraron. El tacto helado le hizo despertar de la ensoñación, mas antes de que pudiese liberarse o pedir auxilio fue arrastrado a las profundidades de la charca.
Jamás sus compañeros volvieron a ver a Hylas, aunque días después de recorrer la isla obtuvieron la respuesta a su extraña desaparición; desde una gran distancia, a través de las aguas de un gélido manantial, con voz distorsionada, Hylas les llamaba, intentando que le rescataran de un lugar atemporal del que nunca podría escapar.
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