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| Publicado por: Carter |
24/05/2007 17:29 |
El camino iniciático, físico y espiritual. El final de la tierra no era para los esoteristas el mismo que para los geógrafos que lo situaban en el antártico, en el extremo sur del planeta. Para los primeros, el final de la tierra era la península donde durante muchos siglos finalizaba el camino que por el firmamento recorría el astro rey para ir a morir tragado por las aguas del océano atlántico. Redactor/a: Mike "Crucifero"
El fin de este recorrido astronómico se convirtió en la meta del llamado “Camino de las estrellas”, donde se encontraba la península de “Finis terrae”, lo que hoy abarca la tierra gallega que va desde Santiago de Compostela hacia el noroeste hasta el cabo de Finisterre, en España.
Muchos hombres sabios se vieron impelidos a estudiar el fenómeno de la Via Lactea compuesta por una verdadera pléyade de estrellas dirigiéndose a occidente, hacia donde muere el Sol. Los estudios esotéricos entendieron que este hecho era una clave reveladora para alcanzar el conocimiento de la naturaleza y de la vida y, en consecuencia, los iniciados tuvieron que seguir por tierra el “camino de las estrellas” si es que querían lograr su formación interior.
Compostela, La puerta del misterio
Santiago de Compostela, conocida por su capitalidad en el mundo de la cristiandad y meta de todos los peregrinos que acuden a ella desde los más remotos confines del orbe cristiano, no siempre se llamó así, ni tampoco fue meta final de nada, sino que más bien fue punto de inicio y entrada al mundo misterioso de la tierra de los muertos.
La ciudad está ubicada en una colina sobre la que se alza el núcleo urbano que se remonta a la edad de piedra, ya que tuvo su origen por en la época de los megalitos. Por aquel entonces el lugar se llamaba Arca Marmorica, nombre que deriva del hecho de que ahí se alzara un importante dolmen, monumento megalítico que contenía restos sepulcrales de las primeras civilizaciones.
Muchos siglos después, y siempre antes de la era cristiana, durante el esplendor de la civilización celta, en ese montículo se encontraba un castro celta que con el paso del tiempo desapareció. Con la llegada de las nuevas civilizaciones y debido al carisma esotérico del lugar mezclado con su situación geográfica, le acabaron llamando Campus Stellae, que significa “campo de la estrella”, aunque tambien pudiera derivar del vocablo compositum, que significa cementerio, todo ello acabo por dar el actual nombre de Compostela.
La ciudad empezó a tomar importancia en la era cristiana, a principios del siglo IX, coincidiendo con el descubrimiento, en el año 813, del supuesto cuerpo del apóstol Iago (San Yago o San Jaime) en una tumba que en realidad se cree que contiene los restos de Prisciliano, un obispo heterodoxo del siglo IV al que no se le podía permitir que siendo hereje hiciera milagros. El descubrimiento del cuerpo decapitado fue mitificado y dio origen al germen de un fenómeno socio-religioso que influyó en la formación de la ciudad.
A consecuencia del nacimiento de la leyenda del apóstol Santiago, en tiempos del rey de Asturias Alfonso II y con motivo de la llegada desde Mérida de diversas reliquias pertenecientes al supuesto apóstol, la ciudad fue llamada durante un tiempo San Jaime de Galicia, aunque por último acabo siendo conocida por Santiago de Compostela.
El final de la Tierra
Este temido lugar se encontraba en el extremo más occidental del mundo conocido hasta el siglo XV, y aunque prácticamente la totalidad de la población no lo había visto jamás, los intelectuales lo conocían por referencias y le llamaron “finis terrae”. Inmediatamente, el lugar se convirtió en una meta sagrada para el hombre, que debía llegar allí para desvelar el gran misterio de la vida y de la muerte. Desde ese punto de partida, los hombres sabios de todas las épocas empezaron su peregrinación hasta Finisterre, donde el hombre obtendría las claves secretas para el conocimiento pleno.
El mar de las tinieblas
A partir de ahí existía un inmenso y misterioso océano desconocido en el que nadie se atrevía a internarse y que para el hombre constituía realmente el fin del mundo. Llegar hasta ahí era trascendental, ya que significada para el peregrino haber alcanzado por fin el “conocimiento”.
El peregrino que recorría el camino iniciático caminaba física y espiritualmente. A medida que iba alejándose de su casa, de sus tierras, de su mundo y de sus gentes, también se alejaba de su vida pasada, desprendiéndose de sus prejuicios y valores materiales con los que había coexistido hasta entonces y cuyas marcas se extinguían para siempre al caminar hacia el fin del mundo y, en definitiva, hacia la muerte simbólica del viejo ser, de lo pasado.
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